miércoles, 24 de septiembre de 2025

Esa fruta

Era un día común. El calor de la tarde me hacía transpirar y yo, con la bolsa de tela en la mano, entré a la verdulería del barrio. Lo mismo de siempre: las frutas apiladas, las voces de la gente, el olor fresco.
Me incliné sobre el cajón de las mandarinas. Había una, más brillante que el resto, como si estuviera más madura que las otras. La levanté y, en ese instante, un zumbido agudo me atravesó la cabeza. Todo se oscureció de golpe, un destello blanco me obligó a parpadear, y cuando abrí los ojos… seguía en la verdulería, con la fruta en la mano.
Pero no había nadie.
El lugar estaba vacío, demasiado silencioso. Caminé hacia el mostrador, y allí encontré a un hombre. No era el verdulero de siempre. Estaba inmóvil, de pie, con un delantal. “¿Dónde está Julián?”, pregunté, pero él no respondió. Entonces se dio vuelta.
No tenía cara.
Retrocedí con un nudo en la garganta. El aire se volvió espeso, como si respirara humo. El corazón me golpeaba tan fuerte que me mareaba. Quise dejar la mandarina, pero no podía: esa fruta se me quedó atada a mi mano como si fuese una parte de mi cuerpo.
Un susurro me sacudió por detrás. Reconocí esa voz. Mi madre.
Estaba en el pasillo de las frutas, mirándome. Igual que siempre: el mismo pelo, el mismo cansancio en los ojos. Pero había algo raro... Su cuerpo parecía flotar un poco, como si no tocara el suelo. Sentí una mezcla de alivio y terror: quería correr hacia ella, pero a la vez, algo me decía que no debía acercarme.
Las luces parpadearon. El silencio se transformó en un zumbido, y en medio de esa distorsión ella habló:
—Ya es tarde.
Me quedé congelado. Cuando parpadeé, la verdulería volvió a ser la de siempre. La gente comprando, el verdulero contando su chiste de todos los días, la bolsa en mi brazo. Todo igual.
Respiré hondo, pero el temblor en mi cuerpo no me ayudaba. Miré la mandarina: seguía intacta en mi mano. Con ansiedad, con miedo, la apreté con todas mis fuerzas.
No salió jugo. Salió un líquido espeso, que corría por toda mi mano.
Una voz distinta, hueca, me preguntó:
—¿Estás bien?
Levanté la vista. Era el verdulero de antes… pero sin cara.
Salí corriendo. Cada paso me llevaba al mismo lugar: la verdulería, el verdulero mirándome fijamente. Frenaba, giraba, y otra vez estaba allí.
Seguía corriendo, y detrás de mí escuchaba pasos y voces. Mi madre, y otras voces familiares que apenas podía reconocer, repetían en un eco:
—¿Por qué lo hiciste? Ya es tarde.
Mientras corría, sentí cómo ese líquido de antes brotaba de mi pecho, goteando por toda la calle. No había salida. No había fin. Solo el eco de sus voces y la imposibilidad de escapar.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Ella

De lo alto del acantilado miré hacia abajo y lo único que veo es el mar.
—¿Por qué tengo tanto miedo? —me dije— solo vine acá para darme un chapuzón y poder respirar un rato.
Me acerco un poco más y de pie al borde, tomo impulso y salto. No me da tiempo a reaccionar y todo pasa muy rápido: mi cuerpo choca contra el agua y empiezo a moverme para poder nadar, nado y nado hasta llegar a la orilla.
Salgo empapada de pies a cabeza y empiezo a caminar, entre los árboles del bosque escucho de repente un ruido y pálida de miedo me giro pero no hay nadie así que sigo caminando.
Me muevo al compás del viento para poder llegar a casa, pero otro ruido me detiene. Me giro otra vez y me encuentro con una chica de vestido blanco, con la cabeza pálida y algunos mechones en la cara. Veo que da un paso y sin más, empiezo a correr fuera de sí, mis palpitaciones suben de nivel y siento que no doy más, pero sigo corriendo hasta que me doy cuenta de que la pierdo de vista.
Después de un rato empiezo a caminar despacio hasta que la veo de vuelta, y esta vez soy yo la que empieza a correr tras ella. Corro y corro hasta que no la veo más y sigo mi camino hasta que veo mi casa. Cuando llegó a la entrada, me doy la vuelta y es ella.
—¿Qué quieres de mí? —dije sin más.
La escucho reírse y por fin se aleja, todo se partió en dos al darme cuenta de que su risa era la misma que la mía, esa chica tenía que ser yo.
Entonces, ¿a quién estuve corriendo todo este tiempo?

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Reflejos en el espejo

Regreso a la casa familiar. No debería sentirme extraño aquí, pero desde que crucé la puerta, algo en el aire pesa distinto. El olor a humedad, las paredes frías, el crujir de la madera… nada parece haber cambiado. Sin embargo, tengo la sensación de que todo me observa.
Camino por el pasillo y veo la puerta del cuarto de mi hermana entreabierta. Por un instante, la veo sentada en la cama, de espaldas. El corazón acelera rápido. Quiero llamarla, pero no podía pensar en ella como en un ser parecido a los otros. Siempre hubo algo en su forma de moverse, algo que parecía no pertenecer del todo a este mundo.
Al llegar a la cocina, siento un escalofrío. Frente a la ventana, mi madre está de pie, inmóvil, con la mirada perdida. El encuentro con mi madre fue conmovedor; su rostro se ve igual que en mis recuerdos, exactamente igual. La llamo, pero no responde. Cuando parpadeo, ya no está.
Subo las escaleras, intentando ignorar el frío que parece seguirme. En mi cabeza regresan viejos recuerdos de la escuela, como agujas clavándome en cada agujero del cuerpo. Pienso en esa tarde en que un profesor se había permitido un día dar un bofetón a uno de nosotros que tuvo el horror que merecía. La sensación de injusticia me invade, pero lo raro es que no logro recordar a quién golpearon. O quizá... no quiero recordarlo.
La noche cae rápido. La casa parece más grande, más hueca. Escucho pasos en el pasillo, suaves. Una voz femenina susurra cerca de mi oído: esta desesperada por encontrar a su marido y volver con su hijo. Giro sobre mí mismo, pero no hay nadie.
Voy al cuarto de mi hermana. La puerta está cerrada, aunque sé que la vi abierta hace unos minutos. Pongo la mano en el picaporte... está helado. Lo giro lentamente y entro. La cama está perfectamente tendida, como si nadie hubiera dormido en ella en años. Sin embargo, en el espejo frente a la cama, veo su reflejo detrás de mí, inmóvil, observándome. Me doy vuelta. No hay nadie.
Bajo corriendo al living. Las paredes parecen acercarse, el aire es más denso, casi irrespirable. Siento que la casa respira, que cada rincón sabe que estoy aca. Miro hacia la ventana y me veo reflejado, pero no estoy solo. Detrás de mí, la silueta de mi madre... y otra más pequeña, quieta, casi pegada a mi hombro.
Parpadeo. Solo estoy yo...