Era un día común. El calor de la tarde me hacía transpirar y yo, con la bolsa de tela en la mano, entré a la verdulería del barrio. Lo mismo de siempre: las frutas apiladas, las voces de la gente, el olor fresco.
Me incliné sobre el cajón de las mandarinas. Había una, más brillante que el resto, como si estuviera más madura que las otras. La levanté y, en ese instante, un zumbido agudo me atravesó la cabeza. Todo se oscureció de golpe, un destello blanco me obligó a parpadear, y cuando abrí los ojos… seguía en la verdulería, con la fruta en la mano.
Pero no había nadie.
El lugar estaba vacío, demasiado silencioso. Caminé hacia el mostrador, y allí encontré a un hombre. No era el verdulero de siempre. Estaba inmóvil, de pie, con un delantal. “¿Dónde está Julián?”, pregunté, pero él no respondió. Entonces se dio vuelta.
No tenía cara.
Retrocedí con un nudo en la garganta. El aire se volvió espeso, como si respirara humo. El corazón me golpeaba tan fuerte que me mareaba. Quise dejar la mandarina, pero no podía: esa fruta se me quedó atada a mi mano como si fuese una parte de mi cuerpo.
Un susurro me sacudió por detrás. Reconocí esa voz. Mi madre.
Estaba en el pasillo de las frutas, mirándome. Igual que siempre: el mismo pelo, el mismo cansancio en los ojos. Pero había algo raro... Su cuerpo parecía flotar un poco, como si no tocara el suelo. Sentí una mezcla de alivio y terror: quería correr hacia ella, pero a la vez, algo me decía que no debía acercarme.
Las luces parpadearon. El silencio se transformó en un zumbido, y en medio de esa distorsión ella habló:
—Ya es tarde.
Me quedé congelado. Cuando parpadeé, la verdulería volvió a ser la de siempre. La gente comprando, el verdulero contando su chiste de todos los días, la bolsa en mi brazo. Todo igual.
Respiré hondo, pero el temblor en mi cuerpo no me ayudaba. Miré la mandarina: seguía intacta en mi mano. Con ansiedad, con miedo, la apreté con todas mis fuerzas.
No salió jugo. Salió un líquido espeso, que corría por toda mi mano.
Una voz distinta, hueca, me preguntó:
—¿Estás bien?
Levanté la vista. Era el verdulero de antes… pero sin cara.
Salí corriendo. Cada paso me llevaba al mismo lugar: la verdulería, el verdulero mirándome fijamente. Frenaba, giraba, y otra vez estaba allí.
Seguía corriendo, y detrás de mí escuchaba pasos y voces. Mi madre, y otras voces familiares que apenas podía reconocer, repetían en un eco:
—¿Por qué lo hiciste? Ya es tarde.
Mientras corría, sentí cómo ese líquido de antes brotaba de mi pecho, goteando por toda la calle. No había salida. No había fin. Solo el eco de sus voces y la imposibilidad de escapar.