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jueves, 22 de junio de 2023

Por si algún día volvés

Ya se apagó la luz
solo queda cargar con esta cruz
de no verte nunca más
porque por más que quiera
no soy capaz.

Cinco horas fueron
cinco horas te esperé.
Me dejaste en esa esquina parada
entre la espada y la pared.

Cuándo te vi con ella
me acordé de lo que fuimos
vi cómo la mirabas
y cómo repetías cada gesto que hacías conmigo.

Saber que esto era real
y no sólo un sueño me destruyó
me duele saber que no puedo ser amada
sin siquiera dudar de si hay otra, con la que me tengas igualada.

Ninguno más dijo nada
es medio mi culpa
por creer que molestaba
sin embargo siempre me hiciste sentir así
y ahora no queda más remedio que el resentir.

Entonces qué hago decime
nunca me acostumbraste a no tenerte al lado
a no escucharte
a no sentirte
a no tocarte.

Pero nunca voy a desistir
siempre pude contra mí
y mi voluntad
por que ahora no haría de hacer lo mismo
si soy solo una chica
esperando en esta esquina
dónde solo se suspira olvido.

Y así fue como te olvidé
no bastó desilusión más grande
que la de no apreciarme
para que me hagan falta tener razones para no tenerte más
me dolés
tu recuerdo me duele y me arde
tu recuerdo me late sutilmente como un latido,
me sopla tan sutil como un suspiro, y me remuerde tan fuerte no volver a verte
que si volvés quizás todavía yo acá esté
en tu recuerdo, o recostada en tu regazo
donde todo dolía menos.

Quedarán de ti y de mí
o mejor dicho de nosotros
algo de lo que nunca podré olvidar
no sé todavía muy bien qué es
pero creo que ya pasó como un año
y no entiendo por qué me doy el lujo
de no poder entender
qué pasó, por qué no me elegiste a mí
te escribo desde esta esquina
esperándote
por si algún día me recuerdas
por si algún día, algo te causé.

viernes, 9 de junio de 2023

Eternamente niño

Mientras corro sobre los pastizales de aquel campo, me tiro sobre una colina, y mientras ruedo pienso que me gustaría paralizar ese instante donde soy un niño y no pienso nada más, ni me preocupo, sumergirme en la duda. Soy tan puro, un chorro de luz que contagia alegrías, llantos, no pienso racionalmente como “deberían hacerlo todos”, “tan ingenuo”, sin más, sólo soy un niño, por “ser menos” que cualquier persona mayor a mí, soy más.
Emergido en mi propio mundo voy, aunque en el de afuera tengo casi todo prohibido, adentro mío hay un mundo que muchas veces simplemente está mal, aunque para mí no lo esté, y no entiendo por qué, sigo solo siendo un niño, sería algo raro que haga algo bien.
Al fin y al cabo, al final del día, sigo siempre siendo un niño y aunque camine bien o en puntas de pie, no importa, siempre me termino dando contra la pared.
En los árboles de aquel campo, debajo de ellos me suelo sentar, el pasto que se mueve por la brisa me avisa la llegada de la primavera, se siente tan suave, las hormigas que caminan son mis amigas, desde la punta de mi dedo las llevo a dar una recorrida, se me cae de la mano y gira con la brisa… pobre hormiga, la perdí de vista, perdí una amiga.
Una silueta se acerca, mientras atardecía, la sombra del sol se escurre entre las montañas del paisaje de aquel campo. Ahogado por su propio grito fue que se despidió hasta quedarse sin suspiro, anunciando la conclusión del día, la llegada de la noche, e inevitablemente la caída, mi caída de la colina
despierto
y al final del cuento
solo quedan suspiros
y sospecho
que algún día pude haber llegado a ser
a ser un niño.

jueves, 1 de junio de 2023

Antología de tardes en mi balcón

Cada atardecer en esta furiosa ciudad donde nadie se mira a los ojos, nadie pregunta
por qué ni cuándo
donde no importa lo que es mío o tuyo, un anciano se sienta en el cordón de una esquina de aquella avenida.
Presencio su presencia.
Este anciano parece muy particular, su dedo siempre suele mirar
a nadie le importa, nadie lo ve, triste casi como un ente se lo ve divagar.
Excepto yo, que desde mi balcón lo suelo contemplar.
Esa esquina frívola donde el sol nunca pega
me hace dudar, dudar de si ese hombre realmente se sienta allí por tristeza.
Y yo observando con inercia,
quisiera ayudarlo, de alguna forma rescatarlo.
Un afortunado atardecer, a mi parecer, decido lanzar un anillo que le robé a mi madre hacia aquella esquina para captar su atención, y casi sin querer, lo ayudé.
No miró de dónde cayó, apenas lo vio, sin siquiera dudar lo agarró y lo calzó en el dedo que siempre solía mirarse.
Sin sacar la vista de su mano, comenzó a llorar.
No sé por qué, sólo lo miré.
Fue instantáneo, casi magia, lo que un simple gesto, impensado, causó a simple vista en este anciano.
Ahora cuento esta historia, desde el mismo balcón, mientras miro aquella esquina, que me devuelve a la interrogación que me dejó un poco desentonado en la duda.
Desde aquel entonces,
desde ese atardecer,
no lo he vuelto a ver.