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jueves, 16 de noviembre de 2017

Ruleta rusa I

Sonó el despertador. Me desperté en la habitación. No quería despertar a Fabián. Tenía que irme a trabajar, así que con ternura y suavidad toqué su cabello y le di un beso en la frente.
El amor que sentíamos era intenso y no pararía nunca, pero ese día todo iba a cambiar repentinamente y no lo sabía.
- Eu, te quiero, cariño.
Se había despertado. Era tan tierno verlo entredormido en la cama después de hacer el amor. Me terminé de cambiar y salí a la calle. Pasé por una tienda donde vendían mamelucos para bebés y pensé en ese niño que habíamos perdido.
¿Alguna vez tendríamos la posibilidad de formar una familia? Después de mi jornada volví del trabajo y me encontré con una nota de Fabián en la heladera. "Encontrémonos en la plaza de la esquina, tengo algo que mostrarte".
Fui a la plaza y me di cuenta del engaño porque no tenía nada para mostrarme. Solo nos pusimos a hablar y decidimos ir a tomar un café con leche. Después nos dirigimos al departamento, y al prender la luz, me mostró una torta con un estuche pequeño donde yacía un anillo.
- Belén, hemos pasado por mucho juntos y me parece que es tiempo de preguntártelo: ¿quieres casarte conmigo?
Acepté con lágrimas en los ojos de la emoción y, de la nada, empezamos a escuchar un maullido de un gato. Estaba en el marco de la ventana, solitario. Decidimos aceptarlo en nuestro hogar y llamarlo "caca" por un dios egipcio llamado así. Apagamos la luz y nos fuimos a dormir con nuestro nuevo integrante de la familia. Habíamos decidido ir mañana de noche a la playa y comprar churros para celebrar nuestro compromiso. Solo nosotros, bajo la noche estrellada.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Circulado II

Había empezado a leer la novela unos días antes, cuando no tenía idea de lo que me esperaba, cuando no tenía idea de lo que estaba por venir.
Seguía con mi rutina día a día, me levantaba, me lavaba los dientes, me cambiaba, salía a trabajar, compraba un café de camino, en el viaje avanzaba unas hojas, subrayaba las frases más interesantes, entraba a trabajar, y continuaba con el resto de mis días. Aburrido. Vacío.
Hasta que volvía a casa, y la veía ahí. Deslumbrante como la copa del mundial del '96. Ah, no, pará, esa no la ganamos. Bueno, no importa.
La veo y me encanta.
La toco y me vuelvo loco.
Agarro la novela.
La abro, y me adentro de vuelta en la historia.
"Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña".
Ay, Christian se iba a ir a hacer cosas chanchas con Anastasia. Qué vergüenza.
Dejé el libro y suspiré.
Me gustaría un amor así.
Volví a abrirlo. Me puse a imaginar un amor como aquel, dejando que cayera mi cabeza en el sillón leyendo la novela.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Circulado I

Había empezado a leer la novela unos días antes. ¿Le gustaba? Para nada. Era de esas novelas que son puras palabras sin sentido, puestas ahí para rellenar ese manojo de hojas gigante. Pero tenía que hacerlo.
Quería tener algo en común con él, gustarle de alguna forma, o interesarle de otra, así podrían charlar por horas y horas de ese tema en especial.
Así, solo le hablaría y la vería a ella. A ella solita, otra vez, por horas, horas y más horas.
Fue entonces que empezaron a ocurrir cosas extrañas. En el pueblo apareció un cadáver no identificado de una niña. Y ese mismo día desapareció la hermana de él, de Agustín. A los pocos días se logró saber que era el cuerpo de su hermana pequeña, Ana. Lleno de impotencia fue al departamento de policía y decidió asesinar al posible culpable. Me pidió ayuda y así fui a acompañarlo hasta la casa del posible asesino. Nos concentramos en nuestra división de tareas. Sin mirarnos ya, atados rígidamente a la tarea que nos esperaba, nos separamos en la puerta de la cabaña.
Fue una sorpresa para nosotros cuando, al entrar a la casa, esta estaba vacía. Una leve luz asomaba al pasillo y un leve sonido le acompañaba. Los dos avanzamos sigilosamente hacia aquella misteriosa puerta. Ambos palidecimos ante lo que vimos: sangre iluminando la habitación, la televisión encendida y la cabeza decapitada del hombre en el sillón leyendo una novela.

jueves, 5 de octubre de 2017

El intrigante secreto de la muchacha y su tatuaje

Todos escondemos un secreto. (O eso decía mamá). Un algo que no queremos decir. Y ella no es la excepción.
Estaba en su mente todo el tiempo. Amaba a aquella semilla que deseaba ocultar: sabía que aquel fruto futuro no sería querido en el Edén. Pero deseaba cuidar ese árbol aunque no creciera en tierra prohibida y fértil.
Deseaba mantener aquello en secreto. La escuché decírselo a su tía. Le pedía ayuda y compañía en la tierra infértil. Ella la ayudó a regar aquel árbol como también aquel otro jardinero preocupado por el florecimiento de tal belleza. Lo observaron crecer por dos meses, cuando de repente, sentí cómo mis raíces se marchitaban. No pude respirar más. No la pude oir más... ni siquiera la sentía. Todo se había apagado y lo único que escuché fue el llanto a distancia de una bella pero marchita flor que no volvería a ser la misma después de aquel tatuaje.

martes, 3 de octubre de 2017

Discutimos anoche

Discutimos anoche.
Entre lágrimas pedí perdón.
No debí haber hecho tal cosa.
Adrián no se lo merecía.
Ante esta situación sucedió esto.

Tengo su cuerpo. Oí música melancólica todo el día de hoy. Ya me puse a desarmar las cajas repletas de fotos sabiendo que no hay vuelta atrás. Sabiendo que todo acabó.

No puedo parar de sentirme y actuar como él. Lo que me encantaría volver atrás las cosas. Seguramente él se debe sentir peor porque dejé la remera de Marcos en la pieza con un peluche que me había regalado. Ojalá esté bien...

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Discutimos anoche.
Entre lágrimas dije que me dolió.
Obviamente no debió haber hecho tal cosa.
Ante esta situación no sabía cómo actuar.
Recuerdo cuando estaba todo bien y de la nada esto sucedió.

Estoy en su pieza, con su cuerpo. Oso de peluche en su escritorio. Otra remera en su cuarto. Otro corazón roto para su colección. No puedo parar de actuar como ella, hablo con ese tal Marcos, lo veo en el trabajo, lo tengo que besar.

Todo esto es una tortura pero se que todo será mejor mañana...

sábado, 30 de septiembre de 2017

Do not open

Ahí estaba ella.
Ella era un desastre...
Podía provocar un terremoto donde vaya.
Cualquier cosa puede desatar su carácter.
Porque era así, todo provocaba un huracán.
Ella vivía con los recuerdos latentes en su cabeza.
Y eso la consumía.
Y eso la destrozaba,
lentamente.
Pero así era ella,
un desastre original
sin principio ni final.
Era creativa.
Y solo escribía.
Y escribía.
También se pintaba
a sí misma,
de a ratos.
Cambiaba los colores
a cada rato.
Porque ninguno le convencía.
Colores fuertes. Colores claros.
Era cambiante (como habrán notado).
Sí. No. Sí. No. No sé...
Nunca estaba segura de sí misma.
Porque tenía una pésima autoestima.
Si una persona se dice a sí misma
desastre, no hay mucho que explicar.
Para olvidarse de eso,
se envolvía en historias que otros cuentan
pero nada podía decir de las que cuenta ella.
Vivía con fantasmas dle pasado.
Caminaba por ahí con ellos al lado.
Por un momento
quiso hundirse en el mar,
pero logró salir a nadar.
Sus alas estaban rotas.
Pero tú no lo supiste notar.
Porque ella era fuerte.
Y tenía ese pie que pisaba fuerte.
No se rendía. Dios, ella no se rendía.
Y con la música ella iba y venía.
Ella era imparable. Un desastre imparable.
Era yo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Mi alma

Se está pudriendo.
Palidece con este frío.
Creía que pasaría tarde o temprano.
Lo veía venir.
Se imaginaba reptando intentando conseguir piedad.
Se adormece al saltar desde el edificio.
No puede frenar la caída.
Alcanza el cielo, cuando cae al suelo.
No puede meterse en ningún lado.
Solo sale volando alto.

jueves, 7 de julio de 2016

Los ojos del Halcón

Eras un hombre frío como el invierno. Nos íbamos a encontrar en la plaza, a la vuelta de mi casa. Tenías un largo viaje caminando hasta allí pero no te importó. Querías decirme algo importante y querías que ese lugar, aquel en el que nos conocimos, fuera donde escuchara tu noticia para mí.
Me contaron con sumo detalle tu trayecto desde el museo donde trabajabas hasta donde había ocurrido el suceso. Me habías contado que te retrasarías media hora para arreglar la exhibición de un halcón.
Te habían advertido que no le vieras a los ojos pero no creías en esas cosas, no, vos no creías en esas “maldiciones”. Si lo hubiera sabido desde un principio, te hubiera advertido nuevamente pero no supe nada de eso hasta después del suceso. En ese momento, había pensado: “Mejor, así me puedo preparar más tranquila para esa noticia”, pues no dabas tanta importancia a algo insignificante.
Saliste del Museo Argentino de Ciencias Naturales en el Parque Centenario, en Caballito, al terminar tu trabajo. Habías caminado la primera calle desde el parque. La calle había estado repleta de caras apagadas aquel día de lluvia. Habías caminado acompañado con esa multitud de máscaras grises hasta la quinta o sexta calle. Habías cruzado en la esquina hacia la otra calle.
Allí habías caminado con rapidez por las vías del tren. Las barreras habían bajado pero vos habías seguido. Querías contarme todo. Lo único en lo que habías pensado era en mí, no habías querido dejarme esperando.
Se había escuchado en la estación la bocina del tren. Tu cabeza perdida entre pensamientos no había sido lo suficientemente rápido para observar al enorme transporte, al enorme monstruo, que te asesinó.
La policía encontró tu morral junto a tu cuerpo. Allí había cuadernos, uno repleto de papeles del museo y otro donde hace tiempo habías estado dibujando. Siempre que estabas conmigo lo llevabas, me había acostumbrado a verlo.
Lo abrí apenas el policía me lo entregó con tus pertenencias. Observé la última página donde junto a un hermoso retrato mío habías escrito a un costado:

“Ojos de halcón,
Tu voz como una canción…”

Nada más. No habías acabado aquella poesía o aquel intento de poesía (ya sabés que no sé nada sobre el género lírico). Sin embargo, a vos te encantaba, tu vida era una poesía, una poesía con un final mal escrito.
A vos te encantaba ser frío pero aquella poesía mostraba ese lado que siempre habías ocultado a todos los que te habían acompañado excepto a mí, ese lado romántico que me enamoró desde un principio, aquel que “desaté”, según vos.
Me has dejado enamorada y, a la vez, intrigada. No sé donde estás, solo sé que estás lejos de mi. Recuerdo bien tus ojos fríos en aquel ataúd, tan fríos como los de un halcón. El entierro está grabado en mi memoria y tus recuerdos son parte de mi historia.
¿Cuál es la fría noticia del invierno? No lo sé. Solo sé que eras un hombre frío como el invierno, e irónicamente… moriste en invierno