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viernes, 17 de noviembre de 2017

Ruleta rusa II

Sonó el despertador.
Estiré lentamente mis pies de jubilada, rozando lentamente las frías sábanas blancas.
Esperé hasta que el despertador dejara de sonar y se aplazara cinco minutos más, porque, seamos sinceros, estaba demasiado lejos para mi ánimo matutino.
Pero la alarma no cesaba,  y el poco amor que le tenía a la fría mañana de invierno murió en ese instante.
Fue cuando me harté y tomé lo primero que encontré de debajo de mi cama.
Sentí cómo mis dedos tocaban una tela suave. Mi mameluco para dormir. Lo así fuertemente y con toda mi furia matutina lo arrojé hacia el infierno incesante que no paraba de sonar.
Pero fui engañado, y esa tela tan sedosa y peludita no era lo que yo creía.
Miré mi mano.
Una extraña leche blanquecina supuraba de dos profundos orificios que atravesaban mi palma.
Corrí rápidamente las cortinas de mi habitación para que la luz penetrara un poco en el lúgubre monoambiente de dos por dos.
Sin embargo, me arrepentí inmediatamente al ver lo destrozado que estaba el departamento.
La caca estaba por todas partes.
En la cocina.
Chorreando de mis calzones.
Sobre los churros.
Sobre el gato.
En todos lados menos en el inodoro.
Uff, la fiesta había estado dura.
Cerré las cortinas, no sin antes limpiar un poco mi cuerpo con la tela.
Para ver eso mejor no veía nada.
Antes de que el último rayo de sol se extinguiera tras las oscuras ventanas, me miré al espejo que tenía enfrente mío.
Aprecié cómo ese destello final de luz rebotaba en el vidrio y alumbraba mis ojos rojos.
Esperen...
¿Rojos?

sábado, 6 de mayo de 2017

Me perseguía...

Me perseguía su figura.
Sus ojos.
Su sonrisa.
Sus labios.
Nunca imaginé que después de tanto tiempo,
tantas idas y vueltas,
tantos ir y venir de la vida, alguna vez hubiese conseguido verla de nuevo.
Pero ahí estaba.
Más hermosa y delicada que de costumbre.
Su escultural cuerpo palidecía volviéndose uno con la nieve que estaba a su alrededor.
Mi mente se adormeció de tal manera que pocos pensamientos reptaban hasta mi subconciente.
Aun así, todavía en este estado de somnolencia, salté al auto aparcado a un costado del camino y pisé a fondo el acelerador, no sin antes frenar para verla una última vez, tan calmada como siempre.
Ya no me perseguía su figura.
Sus labios.
Su sonrisa.
Sus ojos.
Su cadáver.

martes, 22 de septiembre de 2015

Acantilado

Una fría neblina llegaba desde la bahía atravesando los bosques. Al filo de la muerte, él pensaba que su situación era desesperada. Comenzó a recordar cómo había llegado allí, aunque todas las razones de ese intrépido escape parecían insulsas y vacías.
Así que Zul, colgado de un viejo árbol blanco, miró hacia abajo, anhelando volver a donde había estado unos minutos atrás, con esa bestia, la más salvaje del lugar, pero a salvo.
Había sido un milagro que se hubiera salvado, por fin volvería con esa persona, la razón de su vida, por lo que él luchaba todos los días; pero... No pudo, sus fuerzas eran inútiles, su cuerpo dejaba de reaccionar. Él moriría, ahí, solo. Se puso a reflexionar. ¿Para qué había hecho esto? ¿Para sentirse vacío e inútil? Tal vez no se debería de haber escapado, si no lo hubiera hecho seguramente estaría mejor y en la tranquilidad del silencio de sus pensamientos.
Lo decidió. Todo lo que había hecho era inútil. ¿Para qué seguir con su vida? Se puso al filo del acantilado, cerró los ojos y se dejó caer.
Por lo menos ya estaba en paz consigo mismo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Redball

Estaba en el parque, enfrente de la casa de mis primos chetos, cuando avisté a uno de ellos, el menor, que venía por la vereda de enfrenet con una pelota en la mano. Pasé por su lado y le pregunté por qué no picaba esa pelota, así una llama de vida se prendería en su interior y algo interesante ocurriría en su solitario y extraño mundo, enjambrado con fantasías y sueños, los cuales nadie nunca alborotó en lo más mínimo, ya que no reunieron el valor suficiente y por ello no lo hacían, o simplemente porque no pudieron.
Ese intratable chico ya me debía desde tiempo atrás el cumplimiento de una promesa, una promesa que sería la puerta para que muchos vean de otro modo al huraño y a su insípida forma de vida.
Él, silencioso como de costumbre, y yo, la insensata de siempre, cortamos la conversación.
su miedo a que esa simple e insignificante pelota se pinchara recibía la atención constante de los desconocidos.
El estado del chico llegaba hasta el punto de la paranoia.
Esa bola de goma roja tenía algo especial que notoriamente había cambiado la vida de mi primo por completo, en la cual hubo, hasta la última vez que lo vi, un tenue pero salvaje color.
Él había madrugado esa mañana. Seguramente fue a una de esas maravillosas convenciones frikis. En cierto punto, hasta yo pincharía su burbuja.
Así esta se abriría y mi ingenuo primo caería, de una vez por todas, en el mundo real.
Que él fuese, en algún punto, del todo normal, siempre me pareció algo imposible. Sin embargo, al verlo ahora, en persona, luego de todos esos años que no lo hacía, esa esperanza ya no me parecía tan lejana.
Era el momento de hacer cumplir su promesa.

viernes, 11 de septiembre de 2015

La ruleta

Había una vez un bello simio llamado Umpalumpa, el cual quería ser un futuro cazador oculto, y así enorgullecer a su familia.
Tomó a su mascota, un escuálido gato negro, y salió de su casa rumbo a una aventura. Pero antes de hacerlo, tenía que cumplir con un rito, una tradición que se había hecho desde hacía siglos en su familia. Se subió a una roca y lanzó lo más fuerte que pudo un profundo grito de guerra.
Y así, se despidió de su hogar para comenzar con la travesía.
Era de noche, no había comido ni bebido desde que salió de su casa.
La noche lo cubría todo, la luna no había salido y las estrellas, en un vago intento de iluminar el cielo, brillaban cual diamantes.
Nuestro simio se acostó de costado sobre el frío suelo para tomarse una ligera siestita y luego seguir con su rumbo.
De repente, voces sin rostros surgieron de la oscuridad, hablando de una tragedia, de una masacre y de un extraño carro nupcial.
El cuerpo de Umpalumpa comenzó a prenderse fuego, desde la cabeza hasta las pantorrillas, pero extrañamente no los pies.
Estas nuevas complicaciones en su aventura no ayudaban mucho. Sin embargo, su gato, Cherry, soltó un grave maullido, al cual una voz se interpuso.
Esa estruendosa vocecita gritaba constantemente: "¡He resucitado! ¡He resucitado!"
Temeroso, Umpa tomó su cabeza entre sus manos. Asombrosamente, la voz se calló, pero su dedo índice comenzó a hacerle cosquillas.
El simio miró su mano derecha. En uno de sus dedos se había formado una pequeña cara.
- Hola - dijo Umpa, con miedo en su interior.
La cara cerró sus ojos.
- Me das escalofríos - continuó el simio -, pero a la vez ternura, así que te llamaré Gorgopichu.
Gorgopichu frunció el ceño, evidentemente molesto.
- ¡Hey! - exclamó la cara - Tengo nombre propio.
- ¿Y cuál es? - le preguntó.
En ese preciso momento la extraña cara de su dedo comenzó a brillar y a largar fugaces chispas que explotaban en pequeños fuegos artificiales que despedían brillantina.
La luz era tan llamativa e incandescente que el simio tuvo que cerrar sus ojos.
Luego, la luz se apagó.
Umpa abrió sus pequeños ojos marrones y para su sorpresa la carita se había ido y en su lugar había dejado una margarita violeta.
Así, el primate volvió a estar solo, solo con su gato, en la infinidad de ese oscuro bosque, pero esta vez con el color que le brindaba la preciosa flor, la cual le daba ánimos y esperanzas para continuar con su travesía.

sábado, 8 de agosto de 2015

"¿Y si no le pongo nombre?"

Caminaba por la rojiza tierra bajo los rayos del sol brillo mientras la leve lluvia intromisión creaba un perfecto arcoíris.
Estaba a punto de entrar cuando la vi pasar caminando. Llevaba puesta su corta falda de siempre y su clásica sonrisa falsedad estampada en el rostro.
No quería saludarla y la chica se percató de ello, por lo que muy a mi pesar, se dirigió hacia donde yo estaba. Ella sabía perfectamente, en su mente audacia, que yo le tenía un extraño amor odio que me impedía acercarme. Cada vez que lo intentaba mis manos comenzaban a sudar y, enmudecido por el miedo verdad que ella me provocaba, sucumbía ante un llanto opacidad, el cual me obligaba a salir huyendo despavorido.
- Hola, Jason - me dijo -. ¿Cómo estás?
- B-bien - tartamudeé.
La chica me miró a los ojos y luego soltó una suave carcajada.
Yo la imité, con una alegría fingimiento demasiado forzada para mi gusto.
Nos quedamos callados, lo cual resultó bastante incómodo, pero por suerte, la que antes fue una tenue llovizna ahora se había convertido en una tormenta perfección.
El agua caía a chaparrones y el viento agitaba las hojas de los árboles frenéticamente. Las alarmas de los autos comenzaron a sonar, lo cual me aseguró lo que tanto temía, lo que se avecinaba: un huracán.
Y se preguntarán: ¿por qué me parecía buena toda esta catástrofe climática? Bueno, ahora, por lo menos, ella tenía una razón para irse… aunque también para quedarse.
- ¡Jason! - gritó mi mamá desde el interior de la casa.- ¡Entra ya mismo!
Observé a la chica por un instante y armado de valor y coraje le pregunté, señalando la puerta:
- ¿Quieres entrar adentro?
Hizo una mueca, tratando de evitar reírse de mí, lo cual le resultaba casi imposible.
- Claro- respondió -, no vaya a ser que entre afuera.
Me quedé anonadado ante su respuesta, ¿me había dicho que sí?
Intenté abrir la puerta con mi fuerza inutilidad, pero estaba trabada por la creciente humedad que azotaba a esta pequeñez ciudad costera.
Mágicamente logre destrabarla y los dos pasamos al interior de mi casa.