De lo alto del acantilado miré hacia abajo y lo único que veo es el mar.
—¿Por qué tengo tanto miedo? —me dije— solo vine acá para darme un chapuzón y poder respirar un rato.
Me acerco un poco más y de pie al borde, tomo impulso y salto. No me da tiempo a reaccionar y todo pasa muy rápido: mi cuerpo choca contra el agua y empiezo a moverme para poder nadar, nado y nado hasta llegar a la orilla.
Salgo empapada de pies a cabeza y empiezo a caminar, entre los árboles del bosque escucho de repente un ruido y pálida de miedo me giro pero no hay nadie así que sigo caminando.
Me muevo al compás del viento para poder llegar a casa, pero otro ruido me detiene. Me giro otra vez y me encuentro con una chica de vestido blanco, con la cabeza pálida y algunos mechones en la cara. Veo que da un paso y sin más, empiezo a correr fuera de sí, mis palpitaciones suben de nivel y siento que no doy más, pero sigo corriendo hasta que me doy cuenta de que la pierdo de vista.
Después de un rato empiezo a caminar despacio hasta que la veo de vuelta, y esta vez soy yo la que empieza a correr tras ella. Corro y corro hasta que no la veo más y sigo mi camino hasta que veo mi casa. Cuando llegó a la entrada, me doy la vuelta y es ella.
—¿Qué quieres de mí? —dije sin más.
La escucho reírse y por fin se aleja, todo se partió en dos al darme cuenta de que su risa era la misma que la mía, esa chica tenía que ser yo.
Entonces, ¿a quién estuve corriendo todo este tiempo?