viernes, 1 de julio de 2016

El vigía

Era el décimo día de viaje.
Y el quinto de naufragio.
Hace diez días que no veo a mi familia.
Y hace cinco que perdí toda esperanza.
Había zarpado con un barco tan grande que hacía que cualquier navegante se estremeciera.
Y había terminado con un pedazo de madera más chico mi hijo. Me acosté, mirando hacia el cielo. El negro infinito de la noche. El blanco de las estrellas. Recordé haber visto el cielo de igual forma seis días atrás. Estaba oteando en mi lugar de vigía. Esperando encontrar una isla. Pero no, solo encontré la soledad del mar.
Todavía recuerdo la noche del "accidente". Estaba durmiendo. Desperté con el sonido de olas golpeando el barco. Pensaba que solo era una tormenta tranquila, como solía pasar. Todo hasta que escuché el grito de uno de mis tripulantes.
Corrí, solo para encontrarme con un orificio del tamaño de una orca. Litros y litros de agua entraban.
Despues de eso, todo estaba borroso.
El agua entrando.
Cientos de marines corriendo en sus uniformes azules.
Su sangre, rojo carmesí.
Corrí a babor...
Y eso es todo lo que recuerdo.
Ahora estoy en no sé dónde, solo.
Empecé a escuchar a algunas aves cantar.
Qué hermoso rui... ¿qué? ¿Aves? ¿Cantar? Si hay aves, hay... ¡Tierra!
Me levanté, casi cayendo de la madera.
- ¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista! - grité para mí mismo, ya que no tenía a nadie con quien festejar.
Vi la dichosa isla.
Había gente desnuda.
Bailaban.
Golpeaban sus escudos.
Reían.
Eran una especie de tribu.
Felices.
Empecé a remar con mis brazos hasta que por fin llegue.
- Hola - dije, y nadie me contestó.
¿No me ven? ¿No me oyen?
- ¿HOLA? - grité.
Nada.
De a poco, todos iban desapareciendo.
Todo fue mi imaginación.
Mi deseo de sobrevivir.
Pero como siempre, la realidad te golpea y te grita que tus sueños nunca se van a hacer realidad.