domingo, 15 de abril de 2018

Cómo te gusta

Siempre. Siempre así.
Camina las mismas cinco cuadras.
Los mismos cinco días. A veces, los mismos fines de semana, aunque era sólo cuando necesitaba unos mangos de más. No es como si le pagaran mucho igual pero, algo es algo.
Los mismos horarios de mierda.
Las mismas quejas incesantes.
Las mismas uñas con el esmalte descascarado, los mismos dedos golpeteando el escritorio de caoba.
Tic, toc.
Tic, toc.
Se escuchan gritos.
Tic, toc.
Tic, toc.
Se escuchan llantos.
Tic, toc.
Tic, toc.
Es todo igual que siempre. Ahora mismo, una empleada (o más bien ex empleada en este momento) está saliendo de la oficina del jefe (¿o jefa?). No importaba, era uno más de esos retorcidos.
Este cuenta como el despido número ciento catorce en el año, y apenas llevan dos meses.
Ella reza a Dios todopoderoso, para que el desviado de su jefe no la eche de la empresa.
Se va a casa y descansa.
Las mismas cinco cuadras, los mismos sonidos irrirantes de sus stiletto Vuitton.
Es otro día.
Todo se repite.
Sólo que hoy, su jefe la llama.
Ella se prepara.
Reza un par de ave marías.
Tira un poco de agua bendita, esperando a que...cambie de orientación.
Abre la puerta y algo se ilumina, como si fuese una señal de Dios.
Un objeto metálico. Perfecto.
Él empieza a hablar.
No lo escucha.
Hace sus ademanes ordinarios.
Ella se asquea.
Se acerca.
Agarra el objeto metálico.
Sonríe.
Lo apuñala.
Y sigue sonriendo.
Agradece a Dios por mostrarle el camino, y alejarla de la desviación.
Encaja el puñal más profundo.
Cómo parece gustarle al puto.
Otra vez, agradece a Dios.