miércoles, 23 de mayo de 2018

Vos

Como siempre, con la primavera llegó ella. Tan fría, y a la vez tan abrumadora, tan cándida. La veo cruzar la calle. Viene hacia donde me encuentro.
Está igual que siempre. Se siente igual que siempre.
Su pelo rosa, su buzo lleno de bigotes de gatos (tenía cinco), su caminar tranquilo.
Pero ahí estaba lo que más me gustaba.
Su sonrisa particular llegó inesperadamente, y me llenó de una calidez indescriptible. En distintas vestiduras, habría sido una sonrisa cómplice, sugerente.
Levanté mi temblorosa mano para saludarla, pero como siempre, ella se me adelantó, y me abrazó.
Me quedé quieto. Mis sentimientos se encontraban en puntas de pie; si la tocaba, se desbordarían. Si no lo hacía, me arrepentiría.
Y me contuve.
Mi corazón latía muy fuerte, constante, agresivo. Era como si tuviera su propio grito, intentando hacer que ella lo escuche. Pero no podía.
Yo quería.
Pero no podía, realmente no podía.
Sabía que, si llegaba a confesárselo, se alejaría.
Se iría tan lejos, como muchas otras lo habían hecho.
Y estaba asustada porque, tristemente, sabía que ese era mi destino, mi maldición.
Quererte por tantos años, y, efectivamente, no poder nunca arriesgarme a decirte.
Porque sé que no me buscás.
Porque sé qué, de entre todas tus constelaciones soy,
                                                                        la estrella
                                                                        que menos brilla.