Hoy jueves 14 del 2016 he vuelto a encontrarme a otro animal muerto en el camino. Era un perro, bah, un cachorro, de pelaje blanco con algunas manchas café.
Es la cuarta vez que encuentro animales muertos en estos primeros días de la semana, lo más triste es que se ve que los hicieron sufrir. Los encuentro todos lastimados, con golpes, cortaduras, marcas que demuestran haber sido brutalmente asesinados. Cómo odio a la gente que hace este tipo de cosas, me dan tanto asco.
Todavía no entiendo cómo es que existen seres humanos así, con esta mentalidad, acaso creen que los animales son objetos con los cuales pueden divertirse.
¡No son así las cosas! (Maldita sea)
Ojalá hubiera justicia, pero no la hay, ni se preocupan por este tipo de temas, si tuviera la fuerza, la valentía para poder vengarlos, les haría sentir el dolor que les produjeron a ellos, los animales.
Agarro al perro y empiezo a caminar por la pradera buscando un lindo lugar donde poder enterrarlo, para que pueda descansar en paz.
Me manché toda la remera con su sangre pero no me da asco, como le daría a la mayoría de la gente.
A mí me produce ganas de llorar. Llorar por él, por todos los animales que matan por diversión, llorar por la existencia de gente estúpida, gente ignorante, sin corazón.
No aguanto más y me largo a llorar.
Cuando ya estoy más tranquila empiezo a cavar, con mis manos, el lugar donde voy a poner al perro. Lo coloco ahí y lo tapo, de paso le dejo una flor bellísima que encontré por ahí.
Me levanto y comienzo a caminar dirigiéndome a los entierros que hice anteriormente, dejándoles flores. Mientras lo hago, en mí crece el odio que siento por la raza humana. Cada vez crece más y más pero no puedo hacer nada, solo soy un niño, un niño de diez años.