Surgían las lágrimas en mis ojos cayendo por mis mejillas mientras caminaba por las calles iluminadas por la luz de la luna llena y repletas de neblina. Aún no entendía lo que había pasado, ¿había muerto? ¿Seguía vivo? Mi mente no era capaz de asimilar lo que mis ojos vieron esa noche.
Mi cuerpo había quedado inmóvil, ¿estaba ahí?, y si lo estaba, ¿en dónde? No lograba verlo o mi mente no quería que lo hiciera.
La misma luz que vi llevarse a mi perro volvió a aparecer, pero sin él. Sin mi mejor amigo. Se empezaba a acercar lentamente hacia mí, pero mi cuerpo seguía sin reaccionar. ¿Qué es? ¿A qué viene? ¿Me llevará con mi perro? Con esa duda decidí quedarme quieta y que la luz me guíe, sin importar si no volvía.